Hay en México un comediante llamado Memo Ríos. Este personaje es famoso por sus versos jocosos que hacen reír a todos los que asisten a su espectáculo, que frecuentemente se transmite por televisión. Una de las características de este cómico es que siempre al final de su rutina termina diciendo ¡Aplausos, Aplausos!, incitando así al público para que le aplaudan.


Por supuesto, en el mundo del espectáculo, se permiten este y otros recursos; sin embargo, ahora se están usando en el mundo de la religión como táctica común para atraer al público. Uno de los grupos que históricamente primero recurrió a esta práctica, fue el Movimiento Pentecostés en todas sus ramificaciones, y hoy en día es el pan de cada día en los cultos de adoración de la gran mayoría de las iglesias, incluyendo a las que tradicionalmente se habían considerado muy conservadoras.


Esto no tendría ninguna importancia para nosotros en la iglesia de Cristo, a no ser porque algunas de nuestras propias congregaciones ya han empezado a hacer lo mismo, y cada vez parecen ser más las que ven con buenos ojos tales costumbres. Ahora hay quienes en la adoración aplauden para acompañar los cantos, para agradecer al predicador su discurso, para mostrar su contento por algún bautismo, para mostrar gratitud a las hermanas o hermanos que preparan los alimentos en las reuniones, etc. ¿Qué tiene esto de malo? ¿Acaso será que aquellos que no practicamos esto somos un montón de amargados o anticuados que nos apegamos a costumbres antiguas, o que no queremos que la gente goce la adoración? Tal vez, más bien, se deba a que no somos tan inteligentes como algunos líderes modernos y nos faltan buenas ideas, y por lo mismo no conocemos las buenas tácticas de motivación de la gente.


Para explicar lo anterior, quizás despertar algunas conciencias con respecto a lo que en verdad Dios espera de nosotros en el servicio que le damos, expongo ahora lo que las Escrituras enseñan en relación a la adoración ( y otros temas), para que quienes no lo saben se enteren y los que lo han olvidado, lo traigan a la memoria.

La adoración que Dios acepta y le agrada, es la que está basada en sus instrucciones.

Esto lo aprendieron en el Antiguo Testamento Nadab y Abiú de la peor manera (Levítico10:1,2). Desde aquel entonces, Dios dejó bien claro que Él no acepta en adoración lo que al hombre le plazca ofrecerle, sino lo que Él ha mandado explícitamente.

La drástica reacción del Señor contra aquellos dos hijos de Aarón, no dejó duda de que Dios es muy serio cuando se trata de la adoración a Él. Después de que envió fuego del cielo sobre los transgresores de su mandamiento que habían traído fuego extraño para ofrecer el incienso, Moisés explicó que el pecado de aquellos sacerdotes insensatos consistió en haber traído “...fuego extraño que él nunca les mandó.”

Esta última oración demuestra que lo que hacemos en la adoración, debe ser específicamente pedido por Dios en su Palabra,

y que no tolerará ninguna modificación alguna de nuestra parte.


Pero alguien dirá, “Eso fue en el Antiguo Testamento; ahora estamos bajo el Nuevo y ese principio ya no es aplicable.” Permítanme recordarles que la Biblia dice que las cosas que se escribieron en el Antiguo Testamento, se escribieron para nuestra enseñanza; especialmente para amonestarnos a nosotros a que no cometamos los mismos errores cometidos por el pueblo de Israel (1 Corintios 10:11). Pero si esto no fuera suficiente, el Nuevo Testamento abunda en exhortaciones de la misma naturaleza. En Juan 4:23, 24, hablando de esto mismo, Jesús nuestro Señor dijo:

“Pero la hora viene, y ahora es , cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que le adoren. Dios es Espíritu, y los que le adoran deben adorarle en espíritu y en verdad”


¡Aplausos, Aplausos!

Miguel Arroyo









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